por Laura Alejandra Aldana Chávez
Debemos iniciar diciendo que el problema de la mujer no es uno solo, ni es exclusivo de nuestros tiempos. Desde que la sociedad se dividió en clases sociales antagónicas y con intereses irreconciliables, las mujeres han enfrentado diferentes problemáticas que no únicamente se explican por la dominación del hombre sobre la mujer, sino que surgen de la sociedad y su grado de desarrollo económico.
Al afirmar esto último, podemos hacer una reflexión a través de la historia. En la sociedad esclavista, hombres y mujeres libres gozaban de derechos y privilegios que eran negados a hombres y mujeres esclavas. En la sociedad feudal, las mujeres campesinas fueron relegadas a la cocina, iglesia y al cuidado de los hijos, mientras que las mujeres de la nobleza ostentaban poder. De esta manera podemos decir que la situación de la mujer no depende de la época, sino de la clase social a la que pertenezca.
En el capitalismo, las diferencias entre mujeres burguesas y proletarias, es decir, mujeres que participan de la propiedad de los medios de producción y aquellas que venden su fuerza de trabajo, son condiciones determinantes cuando se habla de derechos de unas y otras.
El siglo XIX y XX se caracteriza por ser un periodo de guerra entre países y de cambio en la configuración del mundo. Pero también se acompaña de luchas obreras y de luchas de las mujeres por sus derechos políticos. Recordemos que, tras la Primera Guerra Mundial, las mujeres son llamadas a los centros de trabajo para mantener la producción, pero como una necesidad de mantener sus hogares ante la precarización de la vida.
Ahora, en pleno siglo XXI, la fuerza de trabajo de mujeres, hombres, niñas, niños y adultos mayores es más rentable que nunca para el capitalismo, ya que en su conjunto son el ejército de reserva que este sistema económico aún puede utilizar a su conveniencia.
Se puede decir entonces que la lucha de la mujer responde más a un problema de clase que a un problema de género, por ejemplo, las sufragistas buscaban el derecho al voto dentro del margen del sufragio censitario, poniendo al frente de la lucha a las mujeres burguesas y relegando la participación de las mujeres obreras a ser representadas por las primeras.
Evidentemente los intereses entre las mujeres de una y otra clase eran diferentes: mientras que las mujeres de la burguesía gozaban de los frutos acabados de la dominación de su clase, para las mujeres trabajadoras, que participaban directamente en la economía y en conjunto con los hombres, su participación política era para hacer frente al Estado y la explotación capitalista.
La lucha de las mujeres hoy en día se ha expresado como la lucha en contra de la violencia machista, misma que denigra a las mujeres disfrazada de celos, de deseo sexual o, en última instancia, de crímenes pasionales, que no son otra cosa que justificaciones para disfrazar la violencia contra la mujer como un problema de género y no como un problema producto de este estado capitalista.
Con la mediatización de los casos de violencia contra la mujer, podemos observar que se trata de dar innumerables explicaciones al acoso sexual y a los feminicidios, haciendo ver que es un problema de género, en el que nos presentan a los hombres como monstruos o enfermos mentales, que pertenecen a organizaciones criminales y que disfrutan asesinando mujeres, violándolas, mutilándolas, entre otras atrocidades. De esta forma, surgen los movimientos de mujeres que piden un alto a la violencia y que ponen como único enemigo al hombre. Dejando de lado la responsabilidad del Estado burgués.
Debemos ser muy claros y entender que la lucha de las mujeres es en conjunto con los hombres de su misma clase, ya que, la violencia contra la mujer, se agudiza más por las condiciones de pobreza, de explotación en el trabajo, de falta de oportunidades, de precarización en el entorno urbano. Pensemos en una mujer trabajadora, que además de cumplir con una jornada de trabajo de 10 a 12 horas (contando el traslado), además cumple labores del hogar como cuidar de sus hijos, lavar, cocinar. Pensemos que cada vez que una mujer recorre largas distancias, con todo lo que implica (salir de madrugada, regresar a media noche, caminar por parajes oscuros, subirse al transporte), se pone en riesgo. Entonces son condiciones de su clase no exclusivas de su género.
Es por eso que rechazamos la politización de la lucha de las mujeres en contra de la violencia. No solo fuera del movimiento, sino a lo interno, ya que la falta de análisis de los grupos feministas lleva a caer en falsos discursos, centrando la lucha de la mujer en contra del hombre, o en contra de políticos y no contra el Estado, o a que la única consigna sea ni una menos y no alto total a la violencia ocasionada por este régimen capitalista.
Nuestra lucha es de clase, por mejores condiciones de vida, por acceso a la educación, al desarrollo personal, a la educación sexual, al aborto, a la libertad de expresarnos y de tener mejores condiciones de trabajo, para nosotras y en general para nuestra clase trabajadora.





