EL TRABAJO, BASE DE LA VIDA EN SOCIEDAD

En el mundo antiguo los esclavistas explotaron el trabajo de los esclavos; en la edad media la aristocracia feudal explotó el trabajo de los campesinos siervos; y en la actual sociedad capitalista, los burgueses explotan el trabajo de los asalariados del campo y la ciudad.

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por Antonio Tovar León

Al observar la sociedad en la que vivimos, podemos percatarnos, a simple vista, que hay todo un cúmulo de mercancías: alimentos, ropa, enseres domésticos, aparatos electrónicos, vehículos, casas, edificios, etcétera. Y, lo que tienen en común todas estas mercancías es que son producto del trabajo. Es por esta razón que los especialistas en Economía Política afirman que el trabajo es la fuente de toda riqueza.

No obstante esto, el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, la fuerza de trabajo, por sí solo no puede entenderse como generador de riqueza sin los correspondientes medios de producción, sobre todo de los instrumentos de trabajo.

“Intentad arrancar con las puras manos, sin ninguna herramienta, un árbol y transformarlo en una mesa o en sillas, esto, sin lugar a duda es imposible”.

Para que las personas puedan transformar, con su trabajo, los elementos naturales en riqueza, en bienes materiales, necesariamente tendrán que utilizar herramientas de trabajo.

A pesar de que la función del trabajo siempre ha sido la de satisfacer las necesidades de vida, el trabajo a lo largo de la historia humana ha variado mucho. En la prehistoria de la humanidad, el trabajo estaba poco desarrollado al igual que los medios de producción, en cambio, en la civilización el trabajo se ha hecho más productivo, esto se debe a los conocimientos que se han adquirido y por el enorme grado de desarrollo de los medios de producción.

Con respecto a la concepción que se tiene del trabajo, estas pueden ser muy variadas, pero en términos generales podemos hablar de dos: la idealista y la materialista.

La concepción idealista, la judeo-cristiana, afirma que el trabajo es un castigo de Dios hacia los hombres por haberse apartado de su dirección, al desobedecerlo y comer del fruto prohibido. Por esa desobediencia, Dios sentenció para el hombre que “con el sudor de su rostro tendría que comer el pan”(1), es decir, tendría que trabajar para alimentarse. Pero resulta que, desde el origen de la civilización, desde el mundo antiguo hasta nuestros días, las personas que se han apropiado de los medios de producción comen y disfrutan de los placeres de la vida, no con el sudor de su rostro, sino con el sudor de los trabajadores a quiénes han explotado por alrededor de 6 mil años.

En el mundo antiguo los esclavistas explotaron el trabajo de los esclavos; en la edad media la aristocracia feudal explotó el trabajo de los campesinos siervos; y en la actual sociedad, los burgueses explotan el trabajo de los asalariados del campo y la ciudad.

Esta explotación se da por el hecho de que unos cuantos hombres han despojado a la inmensa mayoría de seres humanos de sus medios de vida, de los instrumentos y herramientas de trabajo.

Al respecto C. Marx señaló “que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de trabajo, tiene que ser, necesariamente, en todo estado social y de civilización, esclavo de otros hombres, de aquellos que se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo”(2).

La concepción materialista, contraria a la idealista, considera que el trabajo es la condición básica y fundamental de la vida en sociedad. Si partimos del hecho de que las personas para poder vivir necesitan alimentos, vestido y un techo para protegerse de las inclemencias de tiempo, es indudable que para disponer de dichos bienes primero tiene que producirlos, es decir, tienen que trabajar. El trabajo es por tanto una necesidad humana, es la actividad, material o intelectual, para transformar los elementos naturales en bienes materiales, con estos las personas satisfacen sus necesidades de vida, los cuales, desde luego, han cambiado a lo largo de la historia de la humanidad.

En la prehistoria de la humanidad, el trabajo de hombres y mujeres se concretaba exclusivamente a la apropiación de los frutos y animales que encontraba en la naturaleza, dicha apropiación la llevaban a cabo a través de la caza y la recolección. Los instrumentos que utilizaban para esta actividad —la maza, la lanza, el arco y la flecha— les facilitaban esa apropiación.

Pero la actividad de los grupos de cazadores y recolectores no se quedó en este estado de cosas, al paso del tiempo aprendieron a domesticar los animales y a practicar la agricultura, es decir, aprendieron a reproducir la naturaleza, y con estas actividades se liberaron del tiempo, lo que les permitió aprender a fabricar nuevas herramientas de trabajo, las cuales, no únicamente les aseguraban el alimento y el vestido, sino que les permitió producir un excedente que estaba destinado al intercambio, al comercio. Es así, como vemos surgir los oficios y el comercio, naciendo la producción directamente para el intercambio.

En la civilización, el trabajo no puede entenderse como creador de riqueza sin los correspondientes medios y objetos de trabajo. Pero el trabajo es mucho más que generador de riqueza: “Es la condición básica y fundamental de toda vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”(3). Con la domesticación de animales, la agricultura y el comercio, nació la propiedad privada sobre los medios de producción, y con ello la sociedad se dividió en clases sociales antagónicas con intereses económicos irreconciliables y, por ende, la explotación del hombre por el hombre y la explotación de una nación sobre otra.

En la actualidad el trabajo aparece como un derecho en la mayoría de las legislaciones de los países del orbe. La ONU, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 23, establece que toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo.

Este derecho al trabajo, enmarcado en las legislaciones burguesas, no es más que la legalización de la explotación del trabajo asalariado, pues “detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción” (4).

Por consiguiente, el establecer el derecho al trabajo como una reivindicación revolucionaria, en el programa de lucha de un partido socialista, es tanto como legitimar la explotación laboral.

Lo que si debería establecerse en el programa de lucha de un partido socialista, es la abolición del trabajo asalariado al igual que la propiedad burguesa.


Notas:
(1) Génesis, Cap. 3 versículo 19; La Biblia, Reina Valera.
(2) C. Marx: “Crítica del Programa de Gotha”. Pág. 9-10, en Obras Escogidas en Tres Tomos; Tomo III, Ed. Progreso, Moscú
(3) F. Engels: “El Papel de Trabajo en la Transformación del Mono en Hombre” pág. 67, en Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo III, de C. Marx y F. Engels, Ed. Progreso, Moscú.
(4) C. Marx: “Las Luchas de Clases en Francia de 1848 a 1850” pág. 239, en Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo I, de C. Marx y F. Engels, Ed. Progreso, Moscú.

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