por Luis de Luna Mendieta
Para lograr una respuesta certera sobre el tema debemos buscar en las condiciones que imperaban en el mundo a finales del siglo XVIII, tanto de carácter político como ideológico, pero principalmente económico, que determinaron el rompimiento explosivo del Imperio Español y por ello de 300 años de dominio, destacando que este hecho no fue una casualidad sino una causalidad.
La respuesta es clara, el mundo había cambiado de paradigma y fue en este período en donde se manifiesta con toda su fuerza El Capitalismo como sistema que confronta las viejas y enmohecidas estructuras del orden social anterior. Por ejemplo, en lo político, enfrentan al absolutismo con su rancia e inútil aristocracia para impulsar abiertamente el concepto de Estado Nación, con la visión más avanzada de República; en lo ideológico, utiliza la nueva concepción del Liberalismo, que dota de herramientas teóricas a los criollos de la América española, quienes de manera inmediata y uniforme ajustan su pensamiento a él para aplicarlo con vehemencia. Para ello debían enfrentar a su contraparte “el pensamiento religioso católico”, muy arraigado en los dominios del imperio, pues por su conducto, se había logrado la sumisión y control de la población de manera aplastante.
En lo económico, que es lo determinante, la transformación es brutal, ya que se hace necesario que para que los nuevos países dominantes (Inglaterra, Francia, Holanda, etc.), puedan ejercer su poder, requieren un mayor control sobre las mentes de las personas que les ayude a legitimar su dominio, controlando: la extracción de materias primas, seguras y baratas; también sumar nuevos mercados cautivos de consumidores; imponer políticas financieras a través del crédito que favorecieran sus intereses, etc.
¡Sí!, el mundo había cambiado, se globalizaba en favor de aquellos países que ahora establecían las nuevas reglas del juego.
Ahora bien, regresando a México podemos destacar que, desde su mismo nacimiento al mundo como independiente, su única aspiración era convertirse en un país: libre, soberano, fuera del control español y con esos niveles modernos de autodeterminación, que necesariamente se ajustaban a esos intereses que demandaba el nuevo orden.
Es verdad, inicialmente nacimos como un “Imperio”, como una salida improvisada pero coyuntural. Ese parto inicial fue tan efímero como poco significativo, pues solo duró 8 meses. Se rectificó el camino y nos transformamos en una República Federal en 1824. Es aquí en donde podemos remarcar que nos costó encontrar nuestra forma de organización política definitiva, pues empleamos más de la mitad de ese siglo XIX para realizarlo, aunque en este período jamás se torció la idea Liberal de ser una Nación libre, independiente y soberana.
Desde que nacimos lo hicimos con una división de poderes que claramente nos ubicaba en la ruta de El Liberalismo político, con ciudadanos libres, gobernado por una Constitución y teniendo niveles de Autodeterminación, por lo menos como enunciado. Es real, la disyuntiva que debíamos resolver era definirnos entre ser una República Central o una República Federal y aunque parezca simple la solución ahora, éste fue el principal motivo que generó el incendio de la patria durante ese período.
Para desgracia de México, las nuevas naciones hegemónicas conocían con precisión las potencialidades con que contaba el país, por lo que nos convertimos en un apetitoso botín. Ellos diseñaron mecanismos para ejercer su dominio empatando sus intereses con los de la oligarquía interna, haciéndolos cómplices, aunque es verdad, las oligarquías externas también tenían visiones encontradas, como ejemplo: podemos mencionar a los beneficiarios del viejo régimen que se ajustaron a esta nueva visión, como los que controlaban las haciendas, la minería, los comerciantes poderosos y la Iglesia Católica, que hicieron una alianza buscando posicionar su visión de país. Por el otro lado, estaban los nuevos ricos (criollos más modernos y menos ricos), o los nuevos inversionistas que requerían espacios, tierras, recursos para producir, que fomentaban el trabajo artesanal o manufacturero. También a ellos se sumaron los poderosos grupos de los militares nacidos de la guerra que requerían participar, además de los caciques regionales que establecieron cotos de poder significativos para el nuevo desarrollo económico y social, que funcionara a su favor, provocando así una atmósfera peligrosa, que se confrontaron violentamente, haciendo de la nueva nación un campo real de batalla.
La lucha central se da en el campo Ideológico entre la concepción Liberal Republicana Federal más radical, contra la visión también Liberal Centralista mucho más moderada que buscaba que los ajustes fueran mínimos y sus intereses existentes no fueran afectados.
La Iglesia Católica juega un papel importante en este campo, ya que su poder era gigante y su influencia social era enorme. Poseía tierras en cantidades inmensas, tenía el control del padrón ciudadano, era la única institución que impartía la educación, era el principal prestamista en el mercado interno, además de que sus integrantes tenían fuero, es decir, que se convertía en un poderoso obstáculo, difícil de derrumbar.
Como contrapartida, la nueva filosofía El Liberalismo, buscaba poner al HOMBRE en el centro de la sociedad, utilizando para ello el individualismo, el esfuerzo como mecanismo hacia el éxito, el soporte del pensamiento científico como base del desarrollo, etc., todos ellos provenientes de los principios emanados de la Revolución de 1789 en Francia que daba valor central a esta forma de producción capitalista.
El reto era enorme, ya que en la nueva comunidad mexicana las cosas no se movían tan rápido, las personas estaban sometidas a la voluntad del púlpito, habituada a obedecer, ya que el 99.9% de sus habitantes eran católicos y auténticos súbditos del Rey.
Además, la forma de organización en Nueva España era Centralista, todas las órdenes, disposiciones y políticas emanaban del centro y éstas se aplicaban con un carácter vertical. Esto sucedía en todos los órdenes: económico, político e ideológico y en todos los rincones del imperio, por lo que modificarlo a una estructura Republicana y Federal era un desafío.
Esto explica lo complejo que resultaba para los habitantes de estas tierras, tratar de ir a contracorriente del orden establecido y, a pesar de esta desventaja abrumadora, el cambio se da.
Por eso es tan lenta y conflictiva la transformación de un orden al otro. La presencia, en un inicio, muy acotada y muy sutil del pensamiento liberal tuvo que enfrentar a una sociedad alienadamente cerrada, obediente y poco desarrollada en lo económico, que tenía que luchar por una libertad que poco comprendía, un concepto de patria que empezaba a sentir, pero que le ayudó a entender que su situación actual debía cambiar para mejorar.
Todos sabemos que en el Movimiento de Independencia los grandes ganadores fueron los Criollos, quienes de manera inmediata se pusieron al frente, primero de la lucha armada y posteriormente de la nueva República para garantizar e impulsar sus intereses a toda la sociedad.
Es verdad, el paso se había dado hacia el nuevo desarrollo, pero la mayoría de los sectores populares que participaron durante 11 largos años en la lucha (indígenas y mestizos), que constituían más del 75 % de la población no contaban con las herramientas ideológicas nuevas bien cimentadas para manejar este cambio, habían sido arrastrados por la vorágine del cambio hacia un escenario imaginario de bienestar que provocó aspiración y sueños.
Por eso tuvimos que pagar un alto precio por nuestro nacimiento.
Pero si la pregunta es ¿cuál fue la razón por la que dimos ese paso con la bandera del liberalismo?, la respuesta es sencilla “era la respuesta revolucionaria que nos ubicaría en la única oportunidad histórica que teníamos para ingresar a un nuevo modelo de desarrollo mundial y también a mejores niveles de bienestar”.
Quiero dejar hasta este momento el análisis sobre la pregunta de si ¿fue el Liberalismo la herramienta ideológica de la emancipación de México?, con el fin de invitarlos a profundizar en el tema y con un mayor número de elementos, poder responder categóricamente la pregunta.





